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La sirena de la Esperanza: el sonido de la Valledupar que queremos recuperar

Hay sonidos que nunca se olvidan. Para quienes crecimos en Valledupar durante las décadas de los 80 y 90, la sirena de Cicolac era mucho más que el a

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Hay sonidos que nunca se olvidan. Para quienes crecimos en Valledupar durante las décadas de los 80 y 90, la sirena de Cicolac era mucho más que el aviso de una fábrica; era el reloj de toda una ciudad.

Sonaba a las 7:00 de la mañana, al mediodía, a la 1:00 de la tarde y a las 6:00 de la tarde. Su función era marcar el inicio de la jornada, el almuerzo, el regreso al trabajo y el final del día para los trabajadores de la empresa. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una referencia para todos. En una época en la que no era común llevar reloj o teléfono celular, bastaba escuchar la sirena para saber la hora.

Mientras escribía estas líneas, mi hermano, el médico alergólogo Poncho Cotes, me recordó una conversación que tenía con frecuencia Jorge Guerra, el recordado tío de “Guerrita”, quien trabajaba en Cicolac y visitaba con frecuencia nuestra casa. Él siempre decía que aquella sirena sonaba para anunciar el cambio de turno del personal. Un sonido pensado para los trabajadores terminó marcando el ritmo de toda una ciudad y quedó grabado en la memoria de varias generaciones de vallenatos.

A mí, especialmente, me emocionaba cuando sonaba la de la 1:00 de la tarde. Sabía que mi mamá me llevaría a la casa de mi abuela, Carmen Núñez, en el barrio El Obrero, donde prácticamente me crié. En esa esquina donde hoy se levanta el edificio Manaure, construido por mi padre, Fausto Cotes, pasé gran parte de mi infancia, rodeado de vecinos, amigos y recuerdos que aún conservo con cariño.

Fue allí donde comenzaron muchos de mis sueños. Aprendí a tocar el acordeón, el piano y la guitarra, pasión que más adelante me permitió dedicarme profesionalmente a la música. También descubrí el valor del trabajo, del emprendimiento y de tener siempre una visión para construir y generar oportunidades.

La sirena de Cicolac me recuerda una Valledupar distinta. Una ciudad donde los niños jugábamos en las calles, donde el río Guatapurí era limpio y hacía parte de nuestra vida cotidiana, donde la tranquilidad era un patrimonio compartido y donde el esfuerzo de la gente humilde y trabajadora impulsaba el desarrollo.

Hoy la realidad es diferente. Nos preocupa la inseguridad, el desempleo, las deficiencias en la educación, los problemas de saneamiento básico y el deterioro de muchos espacios que antes eran motivo de orgullo. A eso se suma algo que duele profundamente: la falta de una visión que organice, fortalezca y proyecte la industria musical vallenata, el mayor patrimonio cultural que tiene nuestra tierra y una oportunidad enorme para generar empleo, turismo y desarrollo.

El vallenato no solo cuenta nuestra historia; puede seguir siendo una de las mejores cartas de presentación de Colombia ante el mundo. Pero para lograrlo necesitamos organización, planificación y liderazgo. Debemos convertir nuestra cultura en una verdadera industria que beneficie a los artistas, compositores, músicos, empresarios, artesanos y a miles de familias que viven alrededor de ella.

No escribo estas líneas para quedarme en la nostalgia. Las escribo porque estoy convencido de que recordar lo mejor de nuestro pasado debe servirnos para construir un mejor futuro.

Así como aquella sirena marcaba el ritmo de una ciudad trabajadora, hoy necesitamos que vuelva a sonar un nuevo llamado: el llamado a recuperar la seguridad, a invertir en educación, a garantizar servicios públicos dignos, a generar empleo, a proteger nuestro río y a devolverle a Valledupar el orden, el orgullo y la esperanza.

Porque las ciudades no se transforman recordando lo que fueron, sino teniendo la decisión de volver a hacerlas grandes.

Es hora de que en Valledupar vuelva a sonar el tiempo del progreso.

Enrique “Mono” Cotes
Administrador de Empresas, empresario, músico y ciudadano convencido de que Valledupar puede volver a marcar el tiempo del progreso.