Palabras del Presidente Gustavo Petro durante el encuentro con la comunidad colombiana en Nueva York

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Nueva York, Estados Unidos, 18 de septiembre de 2022.

Hace bastantes años, siendo un joven congresista, me acompañaba en eso que se llama UTL (Unidad de Trabajo Legislativo), un joven de apellido Otálora, que tenía su hermana aquí, en la clandestinidad, trabajando de negro como llamaban en ese entonces.

Y tuve la necesidad de venir por estas regiones y quise conocer cómo se vivía si uno era un ilegal en Queens, y vine a vivir donde la hermana de mi empleado Otálora. Ella vivía con el esposo.

En alguna esquina, muy cerca de aquí, ya no recuerdo, entré a un cuarto pequeño. Tendría, quizás, de 9 a 10 metros cuadrados, y ahí había tres familias, tres parejas, tres trabajadores, hombres completamente destruidos en las fábricas. Uno ecuatoriano, otro paraguayo y el otro colombiano.

Sus esposas, en las madrugadas tenían que acercarles las medicinas que tenían que tomar para poder sobrevivir. Uno había caído en un gran tanque de barniz, el otro lo había despedazado literalmente una máquina, y el otro, a partir del trabajo insistente, tratando de sobrevivir, tenía los pulmones destruidos.

Y fui entendiendo una realidad que, quizás, desde Colombia no se comprende a profundidad. Una realidad que viven centenares de millones de personas de todos los pueblos del mundo, que también vive el pueblo colombiano cuando tiene que salir de su país por x o y razón.

Tiene que luchar, luchar y luchar en tierras extrañas, en donde ni las leyes lo protegen, en donde continúa siendo como una especie de paria, en donde es perseguido de manera cotidiana, mirando las esquinas, subiendo al bus para no ser detectado, escondiéndose y escondiéndose del otro colombiano, de otra colombiana.

Así deambula un pueblo en las calles de Europa, en las calles de los Estados Unidos, un pueblo que bien merece la pena redimir, un pueblo que bien merece la pena emanciparse.

Las personas que han llegado, unas mejor que otras, a construir aquí su propia existencia, su propia vida, quizás la inmensa mayoría deseando algún día retornar, algún día construir algo allá, siempre con la nostalgia, siempre con la tristeza del país que se dejó, del terruño, del lugar.

No éramos los colombianos amantes de irnos de nuestras propias montañas, de nuestro mar, de nuestros pueblos, de nuestra comida y de nuestra cultura y de nuestros bailes, no éramos amantes de surcar los mares, de ver qué había más allá, pero la simple realidad de la violencia pululando por doquier, destruyendo la existencia por doquier, fue construyendo una diáspora que fue recorriendo el conjunto del planeta llenando de colombianos y colombianas los más extraños lugares del mundo.

Hoy, incluso, este discurso es algo extraño: Un Presidente de Colombia aquí, en Queens, hablando con su pueblo.

Y creo que bajo estas nuevas realidades, que son los del mundo de este siglo, que son las de la humanidad, porque cada vez nos tenemos que ver más como seres humanos que como simplemente una parte atómica de él, tenemos que variar una serie de circunstancias.

Consulados y embajadas tienen que ser espacios de trabajo

Los consulados, las embajadas ya no pueden ser un premio dado, ya no pueden entregarse por derecho familiar hereditario casi; ya no pueden ser los recintos, los lugares, los palacios, los espacios bien adornados donde los que siempre han gobernado a Colombia, excluyendo a la mayoría de su nación, creen que tienen derecho a poseer.

Los consulados, las embajadas en toda Colombia, en todo el mundo tienen que ser espacios de trabajo, liderados por gente trabajadora.

Por eso decidimos nombrar como representante permanente ante las Naciones Unidas, aquí en Nueva York, a una dirigente indígena.

Zalabata, su apellido, Torres (Leonor Zabalata Torres, Embajadora de Colombia ante la ONU). Viene del corazón del mundo se llama así su tierra, la Sierra Nevada de Santa Marta.

Viene de los pueblos ancestrales, de antes que el primer español tocara el territorio que hoy llamamos Colombia. Viene a encontrarse con el mundo, con toda la diversidad de la humanidad que se congrega en esta ciudad. Viene a levantar la voz del pueblo colombiano, de los pueblos ancestrales.

Viene a decir que allá, también, hay una sabiduría, que algún día algún dirigente indígena, por ejemplo, dirigente de la comunidad Awá, U’wa, llegó a decir que si se sacaba el petróleo de las venas de la tierra la tierra moría.

En aquel entonces nadie le creyó. Cómo así que el petróleo era la sangre y que si se extraía podía perecer la vida. Hoy no es sino abrir las páginas del periódico y leer los informes científicos y miles y miles de científicos dicen exactamente lo mismo que Roberto Cubaria: que si se saca el petróleo perece la humanidad, que llegó un momento en donde nos toca cambiar las costumbres, los consumos, las tecnologías, las producciones, las maneras de relacionarnos entre los seres humanos para producir o para consumir, porque si seguimos haciendo esa labor basada en el petróleo y el carbón, simplemente desaparecemos del planeta y de la faz de la Tierra.

Qué sabías eran las palabras de Cubaria. Y ahora nuestra dirigente sabía, Zalabata, desde la Sierra Nevada de Santa Marta las puede repetir, desde Queens, desde el edificio central de las Naciones Unidas, ante todos los pueblos del mundo, ante todos sus gobernantes y embajadores; volver a repetir esa sabiduría.

Nunca antes en esa silla de esa oficina, en representación de Colombia se había sentado un indígena, una indígena una mujer sabia, una mujer humilde, una mujer del trabajo proveniente del corazón del mundo, la Sierra Nevada de Santa Marta.

Y el Embajador de Colombia ante los Estados Unidos, como Donovan (Richards, Presidente del Condado de Queens), es un descendiente de las luchas afro de toda América, Luis Murillo.

¿Cómo va a nombrar un negro?, decían allá en Bogotá? ¿Cómo va a nombrar una indígena?, decían allá en Bogotá. Pues eh aquí que los hemos nombrado, eh aquí que está la representación del pueblo colombiano y eh aquí que tienen una gran responsabilidad, la responsabilidad de transformar las embajadas y consulados de los Estados Unidos en centros de trabajo.

Es la trabajadora, es el trabajador el que allí debe llegar y sentirse dueña y dueño del lugar. Es la comunidad colombiana la que vive, ojalá, legalmente en este país y la que vive ilegalmente en este país, la que debe encontrar en esos pisos, en esos cuartos y habitaciones, en esas sillas, descanso, ayuda, solidaridad, organización.

Que estas embajadas, que estas representaciones, que este Presidente de la República que aquí llega a dialogar con ustedes, sean sintomáticos de una nueva era, de una nueva posibilidad, la de relanzar, la de construir con todo el poder posible la comunidad colombiana en el exterior.

Una congregación que ya no se asuste del policía de la esquina, que ya no se asuste si toma el transporte público, que ya no se asuste si desear ir a una oficina del trabajo a ver si se consigue de qué vivir.

Una comunidad que pueda perder el miedo, porque su Gobierno, su nación los defiende antes que nada. Antes que las mercancías, antes que los grandes capitales, antes que los grandes intereses está por encima el interés del ciudadano y de la ciudadana, del niño y de la niña colombiana.

Una comunidad solidaria, no competitiva

Construir una congregación, una gran familia colombiana que sea solidaria entre sí. No competimos, los seres humanos no compiten. Esa es una ideología que solo nos ha traído guerra y destrucción. Los seres humanos estamos aún vivos en este planeta porque somos solidarios, porque nos hemos ayudado los unos a los otros.

Porque no hemos sido el lobo solitario, sino la manada. Porque en la manada ha estado la hembra siempre cuidando de la vida y porque esa manada ha logrado descubrir la inteligencia como el factor fundamental para sostener la vida en el planeta.

Una comunidad solidaria, no competitiva. Una comunidad, que cuando alguien quiere emprender con éxito le pueda dar la mano al otro y al otro y a la otra y a la otra, hasta construir poder económico, hasta construir poder político.

Ojalá un sujeto político colombiano que actúe diferente a muchas naciones latinoamericanas, porque sea la marca de la diferencia, la marca que le pueda gritar a la America profunda, a la sociedad anglosajona, al poder mismo en los Estados Unidos, que el camino para sobrevivir en toda America es el camino del diálogo, es el camino del progresismo, es el camino de la más profunda democracia.

Una comunidad colombiana que pueda ser sabia, que pueda relacionarse con Colombia allá adentro; que sus embajadas y consulados puedan ser los puentes de la solidaridad. Solidaridad colombiana buscando la paz definitiva allá en Colombia. Solidaridad colombiana buscando la dignidad definitiva, aquí fuera de las fronteras. Actuaremos como un solo pueblo.

Este Presidente, esta Embajadora, este Embajador, quienes serán cónsules y representantes del Gobierno democrático de Colombia, estarán listos desde el primer día, todos los segundos a servirles, porque un servidor público no es más sino el sirviente y la sirvienta de un pueblo.

Ustedes son los que mandan, aquí hemos venido, aquí hemos venido a hablar de la paz de Colombia. Aquí hemos venido a hablar de la vida en el mundo.

Cambio de concepción en la guerra contra las drogas

Quizás están entrelazadas. La paz de Colombia significa un cambio de concepción en la mal llamada guerra contra las drogas que ha dejado un millón de latinoamericanos muertos, asesinados, y que ha dejado dos millones de norteamericanos, la mayoría afros, en las cárceles.

Quizás la paz de Colombia está articulada a la vida del mundo, porque la vida del mundo necesita, precisamente, de la selva amazónica, porque la mirada a la selva amazónica ya no puede ser el glisofato, el veneno.

Porque la mirada a la selva amazónica tiene que ser el de descubrir un pilar fundamental del clima y de la vida y, por tanto, una manera diferente de cuidarla, de tenerla, de revitalizarla.

La paz de Colombia es la revitalización de la selva y la revitalizacion de la selva es el cuidado de la vida humana en el planeta entero de la tierrra.

Aquí hemos venido a eso y hemos venido hablar con ustedes. No será la última vez, es la primera.

La próxima vez que vengamos, el medio del Diálogo Regional del pueblo colombiano, que no es solo dentro de Colombia, sino también a lo largo y ancho de la diáspora, haremos una evaluación frente a ustedes.

¿Han servido los funcionarios que se han nombrado? ¿Ha servido el Gobierno que se ha elegido? ¿Nos hemos acercado más a la paz? ¿Nos hemos acercado más a la vida?

Entonces, hemos caminado por el sendero correcto, hemos avanzado en la dignidad de la vida y de la democracia.

Gracias por habernos escuchado. Nos veremos en la próxima oportunidad. Un saludo muy especial, fuerza.

Que viva la Colombia Humana. Que viva Colombia Potencia Mundial de la Vida.

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